Mitología II

Dioniso y los griegos

Dioniso es un dios extraño y ambiguo. Lo conocemos, sobre todo, como el inventor del vino, pero su significado es más extenso y complejo. Así lo atestiguan los diversos nombres que recibe, a parte de los más conocidos de Baco y Dioniso o Dionisio, es llamado Bromio, el que brama como bestia salvaje, sea pantera, león o toro, y Lysios y Eleuthereus, por su acción liberadora. Es, además, el dios de la máscara y la representación por excelencia: en honor a él se realizaban las Grandes Dionisíacas en Atenas, donde en cuatro días se cantaban ditirambos -himnos de diverso contenido- y se representaban 3 o 5 comedias, doce tragedias y tres piezas satíricas. Tiene la capacidad de producir locura, la manía, ese estado de delirio que produce en sus seguidores por medio de la danza frenética y la ingestión del vino. Su propio nacimiento es extraño: nace como dios aun siendo fruto del amor de Zeus y una mortal, Sémele, como nos relata el poeta Hesíodo: “y la cadmea Sémele, igualmente en trato amoroso con él [Zeus], dio a luz un ilustre hijo, el muy risueño Dioniso, un inmortal siendo ella mortal. Ahora ambos son dioses” (Teogonía, 940-942). Su procedencia no es griega como el mismo Dioniso reconoce en la tragedia de Eurípides: “Lidia es mi patria” (Bacantes, 464).

La condición de dios extranjero es confirmada por otras fuentes helénicas, resulta curioso pues el dios recibía de los griegos muchos homenajes en fiestas, figuraba en el panteón olímpico, compartía con Apolo el santuario de Delfos y estaba presente en la lírica arcaica como inspirador de himnos: “cómo marcar el inicio del bello canto del divino Dioniso, el ditirambo, sé yo, cuando el vino fulmina mis entrañas” (Arquíloco, 77D). Homero y Hesíodo apenas lo citan, pero no es raro si sabemos que realizaron una selección de los mitos en virtud de los gustos de sus patronos. Dioniso es un dios presente en la Hélade y si es considerado extranjero no se debe a su origen asiático, sino a que muchos griegos lo rechazan en el interior de sus espíritus.

La mujer y lo dionisíaco

El elemento femenino está siempre presente en lo dionisíaco. Baco es descrito por el tirano Penteo como un extranjero “que lleva una melena larga y perfumada de bucles rubios, de rostro lascivo con la atractiva mirada de Afrodita en sus ojos” (Bacantes, 234-235).

¿Por qué el culto está destinado a las mujeres? Cuando se habla de la madre de Dioniso, Sémele, se dice que tuvo “angustiosos dolores de parto” y, en otra tragedia de Eurípides, el coro de mujeres señala que: “la dura y desafortunada impotencia ante los dolores del parto y el delirio harmonizan con la difícil condición de las mujeres” (Hipólito, 163-165). El sufrimiento del parto es un símbolo de la realidad cotidiana de la mujer griega, muestra que su vida no era agradable. Recluidas en una parte de la casa, el gineceo, realizaban sus pesadas labores, especialmente tejer. Sus salidas de la casa eran mínimas y siempre debían ser acompañadas por un esclavo. Dioniso es sensible a la opresión de las mujeres: “pronto la comarca entera danzará, cuando Bromio conduzca sus cortejos al monte, al monte, donde aguarda el femenino tropel, lejos del telares y ruecas, aguijoneado por Dioniso” (114-119).

Es Dioniso quien liberara a las mujeres del trabajo pesado del telar. La relación entre el telar y la opresión de la mujer aparece ya en Homero, cuando Telémaco silencia a su madre y le ordena: “más tú vete a tus salas de nuevo y atiende a tus propias labores, al telar y a la rueca, y ordena, asimismo, a tus siervas aplicarse al trabajo; el hablar les compete a los hombres y entre todos a mí, porque tengo el poder en la casa” (Odisea, canto I, 355-359). Las mujeres son los seres que más necesitan la felicidad prometida por el dios pues “de todo lo que tiene vida y pensamiento, nosotras, las mujeres somos el ser más desgraciado” (Medea, 230-231

La enajenación de la música y el vino

El propio Dioniso guiará el cortejo dionisíaco. El tíaso irá acompañado de los gritos liberadores del “¡evohé!” y de una música cautivadora:

“al son de panderos de sordo retumbo, festejando con gritos de ¡evohé! al dios del evohé, entre los gritos y aclamaciones frigias, al tiempo que la sagrada flauta de loto melodioso modula sus sagradas tonadas, en acompañamientos para las que acuden al monte, al monte.”

Bacantes, 156-165

La música adquiere, en el ritual dionisíaco, un papel relevante como elemento terapéutico y purificador, realiza una catarsis del alma. El aspecto purificador de algunas músicas y, concretamente, de los instrumentos utilizados en el rito dionisíaco lo señala Aristóteles: “la flauta no es un instrumento moral, sino más bien orgiástico, de modo que debe utilizarse en aquellas ocasiones en las que el espectáculo pretende más la purificación que la enseñanza” (Política, 1341a). Y es la música de la flauta frigia la que mejor participa en lo dionisíaco: “todo el delirio báquico […] se expresa por medio de la flauta, de entre los instrumentos, de modo especial, y entre las armonías es la frigia la adecuada a tales acordes” (Política, 1342b) y en aquellos que estén afectados de pasiones “se operará cierta purificación y se sentirán aliviados con placer” (Política, 1342a). La música acompaña a la ingestión del vino, el elemento más emblemático del dios:

“Él, que se ocupa de esto: de guiar a su cortejo en las danzas, de reír al son de la flauta, y de aquietar las penas, en cuanto aparece el fruto brillante del racimo en el banquete de los dioses, y cuando en los festejos de los hombres coronados de yedra la vasija de vino despliega sobre ellos el sueño.”

Bacantes, 379-387

El vino tiene también una función terapéutica, alivia los pesares y produce olvido mediante el sueño, “¡No hay otra medicina para las penas!” (Bacantes, 283) dirá el adivino Tiresias.

El rechazo de las convenciones y la liberación del individuo

Las bacantes, recordemos, hacen propaganda del dios en las calles de Tebas e invitan a danzar en el monte. Lo que proponen es una evasión de la ciudad hacia la naturaleza. Allí en el monte, la oreibasía, esa danza desenfrenada, les conducirá al éxtasis, un estar “fuera de sí”, una liberación del trabajo de la casa, de las leyes estatales y de los compromisos públicos y privados. Prometen al fiel una evasión espacial hacia donde no ha intervenido la organización política humana y la técnica. El deseo de evasión a lugares idílicos, abandonando la ciudad, es constantemente repetido por el coro de ménades:

“¡Ojalá pudiera llegar a Chipre, la isla de Afrodita, donde habitan los Amores que hechizan al corazón humano! ¡O a Faros, cuya tierra fertilizan las corrientes de un río bárbaro de cien bocas, sin ayuda de la lluvia! ¡O a la hermosa Pieria, la residencia de las Musas, en la famosa ladera del Olimpo!”

Bacantes, 405-411

Dioniso forma parte de la physis, por cuanto es un dios y se rige por leyes divinas no escritas, su mensaje es una apología de la physis y quiere destruir la convención (el nomos) de los hombres, haciéndoles volver a un estado natural incivilizado, con la consiguiente liberación del individuo. Con ello, se consigue una afirmación de la individualidad humana pero también representa una unión entre los hombres y la naturaleza: “bajo la magia de lo dionisíaco no sólo se renueva la alianza entre los seres humanos también la naturaleza enajenada, hostil o subyugada celebra una fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre” . La regresión o el retorno a la naturaleza viene confirmado por los otros elementos del ritual dionisíaco. En el sparagmós, el carnero es descuartizado con las propias manos, sin ayuda de ningún utensilio, la técnica humana es despreciada. La ingestión de la carne cruda de la víctima supone el mismo desprecio. En la tradición mitológica, Prometeo robó el fuego a Zeus para dárselo a los hombres. El fuego significó un avance para el hombre: tuvo oportunidad de calentarse, de ahuyentar a los otros animales, pudo crear útiles, en suma, fue lo que permitió que la humanidad se civilizara. Al comer la carne cruda, en vez de cocinada, se rechaza el fuego, el elemento desencadenante de la civilización. En la omophagía, el hombre vuelve al estado animal y se va acercando a la libertad plena de las bestias salvajes, las “fronteras entre los animales y los hombres son abolidas; humanidad y bestialidad se confunden interpenetrándose”. En ese estado de regresión hacia el inicio de la humanidad, despreciando el regalo de Prometeo, hallará el hombre la felicidad que se le había prometido. Entonces el hombre habrá encontrado la paz interna, será el “¡Dichoso quien del mar escapó a la tempestad, y alcanzó el puerto! ¡Dichoso quien de las penalidades se ha sobrepuesto!” (901-905), porque habrá rechazado como Dioniso: “a quien no mantiene sabiamente su corazón y su inteligencia apartados de los individuos geniales” (428-430); su única preocupación será la de vivir el momento y que su vida sea feliz y alejada de pesares:

“La ciencia de los sabios no es la sabiduría. Ni tampoco lo es el meditar sobre lo inhumano. ¡Breve es la vida! Por eso, ¿quién puede cosechar el presente, si persigue lo infinito? Ésas son actitudes, en mi opinión, de mortales enloquecidos.”

Bacantes, 395-402

 

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